“DOS MIL PIEZAS”. Suena bastante imponente, retante y sobre todo a mucho. “Challenge accepted” fue lo que pensé cuando compré mi querido “puzzle” de latas de todo tipo: jamás había construido uno, de lado a los de preescolar, pero siempre me había llamado la atención hacerlo. Tomé el reto y muy decidida fui a pagar mi nueva adquisición y no podía esperar a llegar a casa para comenzar a armarlo.
Apenas llegué decidí abrirlo, comenzar. Realmente mi apartamento es un tanto acogedor (por no decir pequeño) y este rompecabezas de 136x48 cm: ocuparía toda mi sala. No me importó. Sólo pensar en la satisfacción que me daría ver todas las latas armadas, por mí (lo más importante), puestas y enmarcadas en un espacio de mi casa, me hizo querer terminarlo en un segundo. No podía creer lo emprendida que estaba con esta tarea, dedicaba horas diarias a lo que se aproximaría a “mi pequeña obra de arte”.
Pero no todo lo que brilla es oro y tampoco mi paciencia es por siempre. Comencé a dedicarle menos tiempo, la parte sencilla estaba completa; ahora faltaban esas partes de fondo negro en que todas las fichas son iguales y es imposible identificar a que parte pertenecen. Poco a poco se fue mi entusiasmo aunque cada vez que veo el desastre y todo lo que ocupa de mi pequeña sala, sólo me provoca tomar una noche entera para terminarlo y al fin poder enmarcarlo.
A todas estas, la verdad es que ya me doy cuenta por qué no he terminado el rompecabezas; es un reto que me di a mí misma sin fecha tope. Si lo termino hoy o lo termino mañana da igual, porque simplemente lo quiero terminar. Y además de que no me di fecha tope, al parecer, sin presión no soy eficaz.
Madrid, 19 de enero de 2012.
UEM, Villaviciosa de Odón.
Director creativo Jorge Jiménez:
La presente es para solicitarle una semana y media libre por motivos de salud: me he estado sintiendo muy mal y agotada. Por mi malestar decidí acudir al médico especializado el cual me diagnosticó apendicitis y necesito ser operada. La operación requiere ser lo más pronto posible para que no sea más grave y después de esta necesitaré el reposo solicitado anteriormente.
Espero no de problemas esta solicitud y agradezco de antemano su comprensión. Tan pronto me recupere volveré a retomar lo dejado y seguiré esforzándome en cada proyecto.
Sin más a que hacer referencia; un saludo.
Jessika De Freites.
Pareceré un tanto fastidiosa o que no he superado el tema del metro, pero eso ya queda a su criterio. No es que sea la fan número uno del mismo, ni tengo toda mi vida usándolo como para ponerme poética al respecto pero sí me parece que está lleno de vida.
Una vez escuché que un violinista muy conocido de Boston hizo sonar su instrumento junto a sus compañeros y frente a miles de personas que pagaron millones para verlo tocar. Días después tocó en el metro, donde pasan cada día millones de personas: sólo ganó un poco de propina y no fue reconocido por ninguno de los que por allí pasaron. Talento, que increíble la cantidad de talento que se encuentra en estas calles. A veces con una guitarra quizás un violín, una flauta o simplemente una hermosa voz pero el talento está allá afuera.
Cuando camino, como lo llamo yo, “por debajo de Madrid” suelo caminar rápido, no sentir ese agobio de estar abajo, encerrado, buscar la salida, pero muchas veces al caminar escucho a unos de estos talentosos músicos y me siento como en una película. Hay que ver que una película sin audio y sin esas canciones que quedan y llegan al corazón, no sería la misma; pierde ese toque, ese encanto. Y es entonces cuando me pregunto si la vida pierde ese toque y ese encanto por no tener música de fondo, porque es ese pequeño momento en el que la música ambienta mi caminata que por un instante me siento la protagonista de una película: la mía. Me alegra el día.
A veces, sólo a veces, me gusta observar a las personas. No es que sea una acosadora o de esa gente que te clava la mirada encima y te intimida hasta el punto de agobiarte (o al menos eso espero), pero sí que a veces le dedico un tiempo a la gente.
Aclaro que soy una chica cuya universidad queda a hora y media aproximadamente de su hogar y que asisto diariamente a mis clases. Sí, gasto tres horas diarias de mi vida en transportarme de lugar a otro, pero uno se llega a acostumbrar y no termina siendo tan malo como aparenta serlo.
Hombres, mujeres, pequeños, jóvenes, ancianos, músicos, trabajadores, estudiantes, todo, absolutamente todo tipo de persona se topan diariamente en mi día y resulta interesante observar cuan diferentes son. Están aquellos que no hacen más que leer y se les ve tan concentrados que en muchas ocasiones me pregunto qué tan interesante es aquel libro. Están esos con cara de serios y despreocupados cuya música de su dispositivo podría escucharla hasta el chofer del vagón, y es que no entiendo cómo escuchan tan alta la música desde tan temprano. Están los que duermen, que jamás he entendido cómo se despiertan justo un segundo antes de llegar a su destino, su estación. Están los que van juntos y enamorados, los que van solos como el viento y los que como yo (la mayoría de las veces) corren porque van tarde.
Y allí es donde se clava en mi mente que en realidad no gasto tres horas diarias en transporte, o al menos eso me digo a mi misma, ya que al fin del día he conocido algo nuevo, una anécdota nueva quizás. Ya que yo he leído, he ido con cara de seria escuchando música, he dormido, he ido acompañada y enamorada, he ido sola como el viento y claramente he corrido. Y es que, ¿de qué va la vida si no? Mas que de tonterías y cosas pequeñas que al fin del día te hacen quién eres.
Qué rico es que en verano mueras de calor y puedas tomar un café frío como también lo es en invierno que con tan solo un sorbo del mismo logra darte ese calorcito. Pareceré loca pero el café es de mis cosas favoritas, ya no necesito diferentes bebidas porque las cafeterías me han dado variedad. Café con leche, con vainilla, con chocolate, con canela o con crema, cualquiera, me encanta.
Entonces me pongo a pensar si soy la única que piensa igual, pero no puedo estar otra cosa diferente a equivocada: ¡En cada esquina hay una cafetería! Pero es que es tan casual, habitual que cada día se consuma café que a pesar de ser una droga que te activa y te quita el sueño jamás serás mal visto si luego de una comida pides un cortado.
Gracias a Dios que hay bastante variedad de café y que en cada esquina lo puedo conseguir, que no estoy mal vista por consumir esta droga diariamente y que además de esto es lo suficientemente barata y asequible para mi presupuesto de estudiante. Lo que sí es verdad es que es la última droga barata en el mundo.
Para comenzar a expresarme en este espacio debo traer a colación mi nacionalidad venezolana, que si algo tiene de específico es su capacidad para no enrollarse la vida y vivir rodeado de guarandingas. Guarandingas: dícese de toda aquella cosa, cuyo nombre correcto se ha olvidado o carece de importancia. Pero si en el mundo existen palabras para denominar cada tipo de cosa que existe, ¿de qué me sirve el término de "guarandinga"?
Nadie sabe el nombre correcto para todas las cosas en el mundo y por ello quiero regalar a su léxico tan elevado la palabra guarandinga. "Páseme la guarandinga aquella" "Es que tengo ya muchas guarandingas en el armario" Que no hace más que sustituir la palabra "cosas" y dar a su lenguaje un tono más venezolano.
Entonces, una guarandinga, una cualquier cosa, un aparato innovador, un lo que sea que no sé cómo llamar. Ése sí que es un sustantivo de acorde a lo que es esto, unas palabras, unos pensamientos, unos comentarios, una guarandinga.