“DOS MIL PIEZAS”. Suena bastante imponente, retante y sobre todo a mucho. “Challenge accepted” fue lo que pensé cuando compré mi querido “puzzle” de latas de todo tipo: jamás había construido uno, de lado a los de preescolar,  pero siempre me había llamado la atención hacerlo. Tomé el reto y muy decidida fui a pagar mi nueva adquisición y no podía esperar a llegar a casa para comenzar a armarlo.

Apenas llegué decidí abrirlo, comenzar. Realmente mi apartamento es un tanto acogedor (por no decir pequeño) y este rompecabezas de 136x48 cm: ocuparía toda mi sala. No me importó. Sólo pensar en la satisfacción que me daría ver todas las latas armadas, por mí (lo más importante), puestas y enmarcadas en un espacio de mi casa, me hizo querer terminarlo en un segundo. No podía creer lo emprendida que estaba con esta tarea, dedicaba horas diarias a lo que se aproximaría a “mi pequeña obra de arte”.

Pero no todo lo que brilla es oro y tampoco mi paciencia es por siempre. Comencé a dedicarle menos tiempo, la parte sencilla estaba completa; ahora faltaban esas partes de fondo negro en que todas las fichas son iguales y es imposible identificar a que parte pertenecen. Poco a poco se fue mi entusiasmo aunque cada vez que veo el desastre y todo lo que ocupa de mi pequeña sala, sólo me provoca tomar una noche entera para terminarlo y al fin poder enmarcarlo.

A todas estas, la verdad es que ya me doy cuenta por qué no he terminado el rompecabezas; es un reto que me di a mí misma sin fecha tope. Si lo termino hoy o lo termino mañana da igual, porque simplemente lo quiero terminar. Y además de que no me di fecha tope, al parecer, sin presión no soy eficaz.